Cuando desperté no veía nada a mí
alrededor, todo estaba muy oscuro y no veía más allá de mi mano. A tientas,
intenté levantarme pero fue en vano porque mis piernas no respondían a mis
órdenes, todo me daba vueltas, no recordaba nada y me dolía todo el cuerpo.
Giré lentamente la cabeza hacia mis espaldas y vi una especie de línea con luz.
Avancé una mano hacia donde provenía la luz, y toqué algo que parecía ser una
rama. Lo cogí y me lo llevé cerca de los ojos. Mi sorpresa fue enorme cuando
descubrí que lo que tenía en la mano era en realidad, huesos; huesos que aún
conservaban algo de carne. De repente, escuché una especie de sonido raspante y
giré rauda la cabeza hacia el otro extremo de la celda, porque donde me hallaba
no parecía otra cosa que una celda. Y cuando mis ojos por fin se lograron
adaptar a la oscuridad, vi que unas ratas estaban royendo parte de un
esqueleto, al que llegué a la conclusión de que pertenecía la mano que yo aún
sujetaba.